El hombre imaginado – José Ignacio Becerril Polo


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Existen autores cuyo nombre se asocia de manera inconsciente con ciertos adjetivos que, de alguna forma, definen su personalidad o su obra. En raras ocasiones a ambos. Si pensamos en Bram Stoker y a pesar de ser autor de muchas obras, la primera palabra que nos viene a la mente es vampiro. Isaac Asimov es ciencia ficción. Clive Barker es dolor. J.R.R. Tolkien es anillo. Howard Phillips Lovecraft es Cthulhu y así podríamos seguir en un juego interminable de libres asociaciones mentales que haría las delicias del padre del psicoanálisis, el austriaco Sigmund Freud. Pero no es esa la idea de este pequeño juego de palabras. El objetivo es comprender que es normal que cuando pensamos en Nachob, como él mismo ha gustado de denominarse, la palabra que inunda nuestra mente es imaginación. Las dos antologías que ha publicado hasta el momento: El monstruo en mí (2011, Editorial Saco de Huesos, colección A Sangre) y la presente El hombre imaginado desbordan talento sea cual sea la temática aparente del relato del que se trate: ciencia ficción, terror, fantasía… no importa. El verdadero género es la imaginación.

Hace algún tiempo tuve la ocasión de realizar la reseña de El monstruo en mí y quedé absolutamente maravillado. Para aquellos que no pudieron, o no quisieron, leer aquella reseña, les transcribo un extracto que el propio autor tuvo la gentileza de publicar en su página web. Perturbador y apasionante hasta la médula, este libro es todo un regalo. No pienses ni por un instante que le haces un favor al escritor comprándolo: él te ha hecho el favor al vendértelo. Una demostración de maestría escrita en donde se nos demuestra, una vez más, que el monstruo más terrible no se encuentra fuera de nosotros, bajo la cama o detrás de una columna aguardando nuestra llegada (aunque también están allí, es cierto), sino en nuestro interior. La bestia, como un Mr. Hyde cualquiera está ahí, oculta (perdónese la redundancia para aquellos que dominen en idioma del más famoso bardo de la historia), pero presente, deseando, ansiando, desesperada por salir. No se lo permitas. Nacho narra muy bien la razón de esta advertencia…. Ni que decir tiene que no sólo no me desdigo de nada de lo dicho, sino que soy consciente de que me quedé corto en mis elogios.

El hombre imaginado, la primera obra que publica Pedro Escudero Ediciones, es en esta ocasión un regalo aún mayor para el lector. En la propia página web pueden descargarse más relatos del autor e incluso ha habido un plus de tres relatos para aquellos que reservaron su ejemplar antes de que viera la luz. Podría opinar sobre esos tres cuentos y los que pueden encontrarse en la página, que siguen el estilo del resto de la obra, pero no lo voy a hacer. Como dijo en su día don Francisco Umbral en la que seguramente sea su intervención televisiva más famosa, yo he venido aquí a hablar de mi libro. En este caso del libro de Nachob y, seguro, no me consentiría que me desviara a otros asuntos que, es evidente, caen más en operaciones de mercadotecnia y estrategias editoriales. Casi todos los relatos fueron publicados originalmente por el propio autor en un libro al que tituló Un año de palabras. Sin embargo su mente inquieta no le dejó quedarse satisfecho con ello: se debía a sí mismo y a aquellos que admiran su trabajo mucho más. Se debía una transformación de aquella crisálida en una mariposa de literaria. Se debía El hombre imaginado.

Y hay que decir como anécdota que el título fue elegido por él mismo cuando la editorial le proponía otros (El hombre en mí, por ejemplo) que hubieran sido más coherentes con su trabajo anterior. Pero Nachob poco quiere saber de coherencias o lógicas que corresponden al mundo real cuando se trata de su obra. Quiere que la misma sea un reflejo de su mundo interior, de lo que siente, piensa, sueña o alucina. Se llamará ‘El hombre imaginado’, lo he decidido. Y los demás, pobres mortales junta letras que no alcanzamos a comprender lo que un verdadero genio de la escritura tiene en mente, tenemos ahora un libro con ese título en nuestras manos. Y, reflexionándolo ahora, nos parece que ningún otro encabezamiento le hubiera ido mejor. Así es Nachob, hace que lo imposible parezca viable y te convence de que nunca hubiera podido ser de otra forma. Juan Ángel Laguna Edroso comenzó el prólogo de El monstruo en mí con una exclamación, un eureka literario: ¡He creado un monstruo!. Tenía razón. Supongo que la exclamación que podríamos gritar ahora, usando un idioma que no fuera de este mundo, es ¡Hemos imaginado un hombre!

La obra se haya dividida en tres partes claramente diferenciadas por el propio autor, al que se le ha permitido manejar su criatura como si fuese una configuración del lamento de Hellraiser, con sus intrincadas descripciones y sus adornos, en forma de palabras, y el miedo a que algo horrible surgiera de su interior y nos devorara en medio de su lectura. De monstruos, De héroes y De estrellas son las tres secciones que dividen el libro con la precisión de un cirujano con mal pulso. Como ya he dicho en otra ocasión, cuando tuve la oportunidad de leer el libro por vez primera, creo que en el fondo todo ser humano es un héroe y un monstruo al mismo tiempo, una dualidad muy del gusto de los seguidores de R.L. Stevenson y tantos otros que mostraron la naturaleza dual de la persona, pero todos miramos a las estrellas anhelando un futuro mejor. Incluso los monstruos. Especialmente, creo, en estos tiempos aciagos que nos han tocado vivir. Algunas de las obras parecen escritas para otro de los apartados del libro, hasta que Nachob nos demuestra que sabe la razón que le asiste para su colocación en el apartado donde la ha dejado descansar.

Los títulos de los cuentos son los siguientes:
De Monstruos: El encuentro, No hay prisa, Dios es un cruel amante, El odio, Ratas, Vlad y Nadie es inocente.

De Héroes: Donde anidan los mirlos, Horda y El corazón del héroe.

De Estrellas: Se le oía cantar, El tirano, As time goes by (El dolor no es bueno), Una decisión lógica, La mala hierba, Mundo humano (Almas de metal), Evolución, Invasión y Al otro lado del espejo.

Diecinueve relatos de los cuales no podría descartar ninguno, si bien tengo mis favoritos como ocurre en cualquier antología. Desde el relato más clásico de fantasmas, pasado por el relato histórico, mitológico, de ciencia ficción, bélico futurista, dramático e incluso asesinos que desconocen su naturaleza como tales. Pero, como he dicho, Nachob es pura fantasía personificada en un escritor bonachón y muy familiar que a veces juega al engaño. Lo sepa él o no. Se le oía cantar, mi relato preferido de todo El hombre imaginado podría haber sido incluido en el apartado De Héroes si no fuese de ciencia ficción, aspecto que le obligaba a estar entre las Estrellas. O quizá sean los propios relatos los que juegan al engaño con él, pero el titiritero de Nachob nos lleva por el camino que quiere, y más de un sentido como podremos ver, y nos termina sorprendiendo con ese último giro de tuerca creado con mimo, cuidado e imaginación para provocar nuestra sorpresa final. Soy consciente de la continua y cargante insistencia en la palabra imaginación pero, ¿no es acaso lo que he afirmado en el primer párrafo de esta humilde reseña?

Hablaba de caminos hace unas líneas, y es que el libro nos ofrece dos formas de ser leído: bien de la manera tradicional, en línea recta hacia delante, relato tras relato hasta el final, que es como el autor ha montado su caja puzle de cuentos, o bien realizando saltos entre los relatos. Como si se tratase de un antiguo libro de Elige tu propia aventura, Nachob nos ofrece la oportunidad de leer El hombre imaginado en el mismo orden en el que él concibió los relatos. Este pequeño juego metaliterario muestra una perspectiva diferente del libro y encaja de otra manera distinta las piezas de su configuración del lamento privada. Pero no nos engañamos y sabemos que el resultado es el mismo aunque, eso sí, el recorrido nos lleva por los mismos paisajes de manera diferente. Se parece mucho a alzar la vista en medio de la ciudad y contemplar edificios que siempre han estado ahí, pero que nunca han sido observados de esa forma. El relato anterior marca al lector para el siguiente, y nuestro querido autor lo sabe, y por ello nos ofrece dos rutas para experimentar sensaciones diferentes con los mismos cuentos colocados en otro orden. Su orden.

Puedo imaginar que todos los que estén leyendo esta reseña, si han tenido la santa paciencia de llegar hasta aquí pensarán: espera… aún no nos has contado nada del contenido de los relatos, no nos has dicho de qué tratan salvo vagas generalidades y opiniones del conjunto de la obra. Sí, es cierto, y es un acto plenamente deliberado, una decisión muy personal que adopté tras pensar cómo enfocar la reseña del libro de Nachob. No se merece que destripe su trabajo con mis torpes palabras mostrando las tripas de lo que tan trabajosamente ha creado como el que muestra un descubrimiento a los cuatro vientos. Su secreto está a salvo conmigo porque no tengo derecho a diseccionar su genialidad y, sí, su imaginación. Creo que al final de esta reseña conseguiré que el lector piense que soy un tanto repetitivo, pero al menos creo que habré grabado a fuego esa palabra en su mente para cuando piense en este libro. Ni que decir tiene que me daré por contento si esto es así. Y esta situación, el no querer revelar nada acerca de los relatos, hace que me venga a la mente la frase de la contraportada, una anécdota de Samuel Clemens conocido como Mark Twain.

En una anécdota algo variable según quien la narre, pero cierta en su trasfondo, se dice que el genial escritor americano se encontraba realizando un viaje en tren y comenzó una agradable conversación literaria con su compañero de vagón. Tras un rato de charla sobre libros y autores varios, Mark Twain decidió realizarle a su interlocutor una pregunta amparándose en su anonimato acerca de su opinión sobre Las aventuras de Huckleberry Finn, libro que como todo lector sabe, él mismo escribió. El pasajero le contestó, para su sorpresa, que deseaba no haber leído jamás ese libro. Mark Twain, herido en su orgullo de escritor, replicó que a él no le parecía tan malo. No, no me ha entendido usted. No es que me parezca malo, sino que gustaría no haberlo leído nunca para poder disfrutarlo ahora como la primera vez. No existe, creo, mayor elogio que pueda realizarse de una obra de cualquier tipo. En este caso nos encontramos en una situación similar: envidio a los que van a leer este libro por primera vez, los que van a conocer a sus personajes, vivir sus aventuras y descubrir sus secretos. Ojalá pudiera hacerlo de nuevo sin conocer saber nada de él.

Me voy a permitir algo que no suelo hacer: indicar algunas direcciones de la Red donde pueden encontrarse páginas de gran importancia para los seguidores de Nachob o para quienes deseen adentrarse en su mundo:

El monstruo en mí, de la editorial Saco de Huesos, que fue ganador del Premio Cultura Hache al mejor libro de relatos y finalista en los premios Ignotus y Nocte en las modalidades de Mejor antología y Mejor relato con Casa Ocupada.

El libro en el que está centrada esta reseña, El hombre imaginado, destinado por su calidad y buen hacer a convertirse en el siguiente clásico y sólo podemos imaginar cuántas cosas más.

Y, por último, la página que el propio autor creó con ocasión de El monstruo en mí llena de críticas a su libro en las que no puede encontrarse ni una sola negativa. Y no porque las eliminase o escogiese no incluirlas. Es que no existen.

Hablando personalmente con el autor, cuando nuestros caminos se han cruzado, le he expresado en diversas ocasiones mi deseo, y de otros muchos como yo, de que escriba una tercera antología que sirva como colofón a lo que siempre me ha parecido una trilogía acerca del hombre y el monstruo que se oculta tras él. No sé si escuchará las peticiones de aquellos que admiramos su trabajo con sincera devoción, pero espero que así sea y dentro de no mucho tiempo nos sorprenda agradablemente con otro libro más. Y ahora que concluyo esta reseña, debo admitir que no soy en absoluto imparcial. Me es imposible. Es como si tuviese que reseñar una obra de Edgar Allan Poe, Howard Phillips Lovecraft, Isaac Asimov o Clive Barker. ¿Cómo ser imparcial ante lo que cala tan hondo en el corazón del lector? Es una tarea imposible. Es como leer El hombre imaginado y no sentir nada. Impensable.

   

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