Frankenstein o el moderno Prometeo – Mary W. Shelley


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Frankenstein

ese libre albedrío, crea al ser sin nombre. Posteriormente, la criatura también hace caso omiso de sus responsabilidades y hace uso de su libertad para convertir la vida de su creador en un infierno y trata de obligarle a que le cree una compañera. Alguien por cuyo amor sería capaz de reconciliarse con el mundo y marcharse de la civilización. Pero Víctor, temeroso de dejar nuevamente a su “hijo” suelto en el mundo, piensa que una raza de seres monstruosos estaría esperando su momento para asaltar el mundo de la gente corriente (pensamiento estúpido en un científico, pues de existir un posible parto por la unión entre ambas criaturas el resultado sólo podría ser un ser humano normal). Si bien en un momento acepta, posteriormente se niega y destruye su creación provocando la cólera de la criatura.

“¿No he de odiar, pues, a quienes me aborrecen? No tendré contemplaciones con mis enemigos, soy desgraciado y ellos han de compartir mi desgracia.”

Desde ese instante se produce una dualidad entre ambos que recuerda en cierto modo a otra obra clásica escrita por Robert Louis Stevenson en 1886 y titulada “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde” que suele conocerse únicamente como “El doctor Jekyll y el señor Hyde” (recordemos que “Hyde” tiene la misma fonética que “hide” que podría traducirse como “oculto” o “escondido”. Víctor Frankenstein y su criatura forman una dualidad parecida, sólo que son dos mentes y dos cuerpos diferenciados que, de hecho, evolucionan casi al tiempo. Al inicio de la historia Víctor es un hombre obsesionado con hacer el bien que termina por convertirse en una criatura ansiosa de sangre, deseosa de matar a su creación. El ser nace puro como un niño y poco a poco se convierte en una cruel máquina de matar a todo aquello que se opone a sus deseos. Dos doctores Jekyll convertidos ambos en dos señores Hyde.

“¡He aquí una de mis víctimas! En su muerte se consuma mi ansia de venganza y se cierra el cielo de mi mísera existencia. ¡Frankenstein, generoso y devoto espíritu! ¿Acaso me servirá de algo pedirte perdón? Yo, que sin consideración a nada ni a nadie destruí a tus seres queridos… ¡Pero ya estás frío y no puedes responderme!”

La obsesión de uno y el odio del otro les conducirán a un espeluznante y patético final. Cabe aquí destacar, por notoria, la frase más notable de la adaptación que realizó Kenneth Branagh en 1994 y que tituló “Frankenstein de Mary Shelley” (a imitación del “Drácula de Bram Stoker” de Francis Ford Coppola), seguramente la más fiel a la original aunque tomándose ciertas libertades. Dice la criatura en cierto momento de la película: “Algo que me apetece… tener una amigo, un compañero, una hembra que se parezca a mí, así ella no me odiará como tú… Sólo sé que por la simpatía de un solo ser vivo haría las paces con todo. Hay un amor dentro de mí tan intenso que tú ni siquiera lo imaginas. Y una rabia tan intensa que tú no la podrías creer. Si no puedo satisfacer el uno, daré rienda suelta a la otra. Tú debes ayudarme, por favor.”

Pero su deseo no será satisfecho.

 

   

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ricky19

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