Orlando


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En el lenguaje de la culturilla (esas referencias y conocimientos variados que el público general de cierto bagaje cultural comparte como poso de lo que un día estudió), O. es esa novela en la que el protagonista es un hombre que se transforma en mujer, de la misma manera que V. Woolf es esa escritora excéntrica que se suicidó llenándose los bolsillos de piedras y sumergiéndose en el río. Como toda referencia supersimplificada, ambas nociones no dejan de ser verdad, pero sin embargo son un tanto mendaces, porque dejan de englobar una verdad considerablemente más rica y extensa. Basta con leer esta novela para desmontar -o tal vez para enriquecer y policromar- las dos definiciones susodichas: tanto Orlando como la Woolf son muchísimo más que eso, y reconocerlo y proclamarlo es solo hacerles justicia.

Con todo, no es de extrañar que nos refiramos reiteradamente a O. como esa novela de protagonista poéticamente transexual, porque no hay otra manera de resumir su variado contenido, las múltiples lecturas que se le pueden hacer, el ingenio y la inteligencia que destila y lo mucho que de esa lectura podemos adivinar, intuir o aprender sobre la que debió ser incontenible personalidad de V. Woolf, una mujer fuerte, indómita y adelantada a la época que le tocó vivir. Realmente, O. es una novela irresumible, de tantas facetas como tiene. Se dice de ella -y ya nos adentramos en la próxima capa de lo que el acerbo cultural o culturillero recuerda sobre la obra- que es una muy larga carta de amor: la que la Woolf dedicó a su amante Vita Sackville-West, O. en la ficción. Quizá de este modo sea, pero también es mucho más que eso.

¿Y qué es O.? Para quien esto escribe, primeramente, es un acabado ejemplo de por qué razón los clásicos (no todos, la verdad sea dicha) lo son y merecen serlo. Hagan la prueba: lean un tradicional, o cuando menos unas páginas de un clásico, por ejemplo Orlando. A continuación, de forma inmediata, lean unas páginas de casi cualquier novela contemporánea, aun de una que haya sido jaleada por la crítica o bien haya ganado algún premio. ¿Notan la diferencia? La intensidad de la belleza, la capacidad de cada uno de ellos para inspirar, despertar la imaginación y la fantasía, hacernos asociar ideas, aprender aun el fuego de la inventiva, no tiene nada que ver en uno y en otro. O. es una piedra hermosa, es un manantial de belleza en estado puro. Y eso, que la propia autora así como el público de la temporada lo consideró como un divertimento (y de esta manera se puede leer asimismo en nuestros días). Mas es de sospechar que a la Woolf le salía la belleza y la perfección de la pluma sin esmero, solo con que se pusiese a redactar lo primero que se le ocurriera. O. es una lectura que ayuda a ponerse en la piel de un sinestésico. Es un gozo sensorial incesante, una amalgama de sensaciones y sentimientos bellamente descritos.

La aventura vital de O. es, por su lado, pura fiesta creativa. Woolf hace a su personaje cuasiinmortal y lo/la pasea por múltiples siglos de historia de Inglaterra y de otros países, haciéndolo/la vivir aventuras amorosas, cortesanas, bélicas, vitales, pintorescas… y cruzarse con personajes históricos de la realidad, los menos importantes de los que no son los más señalados escritores ingleses (sí, ésos que están pensando). Tan vívidas e importantes son sus peripecias personales -su idilio con la princesa rusa reúne, en su narración, belleza e inocencia o bien, por mejor decir, la belleza de la inocencia- como las más novelescas.

Orlando es también una especie de autorretrato. Virginia Woolf deja aquí de ser una figura reducida a su mínima expresión -el estereotipo de autora atormentada por su trastorno bipolar que acaba suicidándose-, para revelársenos como una mujer dotada de un gran sentido del humor, que prueba en su uso a capricho del lenguaje, en sus símiles y metáforas de una imaginación desbordante, en la ironía y el ánimo de sátira que presiden muchos de los episodios y de las descripciones de personajes tanto reales como imaginarios que pueblan las páginas de Orlando. Nos prueba, por si acaso hiciera falta, su inteligencia, al reírse del oficio de escritor y de poeta, de las ansias de inmortalidad y de paso a la posteridad que presiden la tarea de muchos autores y, al final, de la vanidad de ello. Aun osa reírse del miedo a la muerte, a la decadencia, a la pérdida o al sufrimiento del ego. Grande, V. Woolf. Lo divino y lo muy humano desfilan por Orlando a placer de la autora, sin que en ningún instante, ni siquiera en los más melancólicos y menos ligeros, abandone su pluma el gusto por lo lúdico y la sabiduría de quien sabe relativizar todos y cada uno de los accidentes de la vida humana, algo que encuentra su mejor expresión en la vida extremadamente longeva de Orlando: bajo una perspectiva que aguanta incólume el paso de siglos, ¿qué importancia puede tener nada? Ni tan siquiera las aspiraciones poéticas de O., representadas en el tesón con que guarda y también procura publicar su obra La encina, son punto culminante de su travesía, con un curioso anticlímax realmente bien trabado que, paradójicamente, se convierte en entre los instantes estelares de la novela. Al final, O. y Orlando, personaje y novela, se convierten mismos en poesía y en poeta, en literatura que reluce y nos alumbra, pese a que no siempre y en todo momento sea sencillo -pero tampoco preciso- desentrañar el exacto significado ni la intención expresiva que movía la mano de Virginia Woolf.

El personaje de Orlando, hombre-mujer entrañable y conmovedor, no es uno que el lector olvidará rápidamente. Tampoco esta novela, cuya trama, abigarrada y a ratos surrealista, cobra una importancia mucho menor que la paleta de colores humanos y de recursos literarios que usa Woolf para deleite y deslumbramiento del lector. Y se puede apostar cualquier cosa a que ella ni siquiera se daba cuenta.

 

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